sábado, 20 de septiembre de 2014

Existir.



Naces, creces, te reproduces y mueres. Ese es el ciclo vital que el mundo “vivo” sigue. Nutrición, relación y reproducción. Son estas las tres funciones vitales que todo organismo “vivo” sigue. Está claro, son principios básicos, fáciles de comprender y de recordar. Tan fáciles que forman parte de las primeras cosas que todos nosotros aprendemos. ¿Pero es tan sencillo? ¿Podríamos basar nuestra existencia en cumplirlos? ¿Estaríamos plenamente realizados? ¿Lograríamos autotrascendernos? Buenas preguntas para buenas respuestas.

Evidentemente, y aunque algunos “especímenes” limiten a eso su existencia, la respuesta es no. El ser humano no forma parte de lo “vivo”, porque constituye una realidad, un nivel de evolución único e incomparable a ningún ser conocido hasta el momento, lo que nos dota de un potencial inigualable. Esto tiene una gran desventaja, pero una gran ayuda si somos capaces de aprovecharlo.

Desde el momento de nuestro nacimiento somos arrojados al mundo. Somos nacidos –porque no nacemos, nos nacen- en “pañales”. Y ni si quiera eso. Venimos en pañales si tenemos a quien nos los ponga. Si no, nacemos desnudos. Tan desnudos que la propia naturaleza podría mofarse de nosotros: vaya un ser que tan superior se cree, y no es capaz de sobrevivir ni unas horas si no tiene a alguien que se encargue de él. Es cierto, bien cierto. Por más reflejos innatos y condicionamiento que la neurología y la psicología evolucionista hayan descubierto y estudiado, si no tenemos a quien nos de la leche, por más reflejo de succión que tengamos estaremos muertos. Y bien pronto.

En palabras de Sartre, “la existencia precede a la esencia”. En palabras de Hume, “la mente es como un papel en blanco”. En palabras de Ortega, “yo soy yo y mis circunstancias”. En palabras de Machado, “nada trajimos, nada llevaremos”. Distintas palabras, distintos morfemas, distinta sintaxis para plasmar un mismo dilema: estamos solos ante una vida que construir, que resolver, que recorrer y, sobre todo, que vivir. Así es, amigos. Por muchos reflejos, por mucha evolución a nuestras espaldas que llevemos, la naturaleza, nuestro genoma, nos ha dejado solos. Nos ha privado de un instinto que nos guíe. Nos ha dado la libertad. Qué putada. Pero qué bonito, ¿verdad?

De esta manera, no hay ninguna definición sobre qué es el hombre, simplemente será –porque tiene la potencia para obrar y convertirse- lo que quiera. No tenemos ninguna base para establecer un objetivo, un fin, algo que perfectamente nos catalogue, clasifique y reconozca. Al menos por ahora, aunque la evolución es muy larga. Y es que por mucho que Aristóteles dijese que el fin último es la felicidad, el fin de los fines, el fin en sí mismo; hay muchas personas –más ahora- luchando por un pedazo de comida que llevarse a sus vientres. Y con eso se conforman. Qué más les da a ellos ser felices. Lo único que quieren es vivir.

¿Y por qué? Pues porque es esta continuidad en la vida lo que les permitirá, aunque ellos no lo sepan, alcanzar la realización, que sí es el fin último que todos perseguimos. Y que no es lo mismo que la felicidad, aunque pueda ésta venir cogida de la mano de la realización. Es Maslow, es la jerarquía de las necesidades humanas. Algo muy simple y fácil de entender. Si se conoce, se encuentra sentido a prácticamente todo el comportamiento y acción humana. Pero no es mi objetivo hablar de la pirámide de las necesidades maslowiana, sino volver al asunto de cabeza. Una vida sin resolver, una vida llena de problemas, de quebraderos de cabeza, de metas que cumplir, de proyectos que realizar, de una libertad y potencia absoluta para realizarlo –y para realizarnos-. Es muy sencillo, muy bonito decirlo. Parece fácil ¿no es así?

Pero además de la incertidumbre y de los problemas que salvar, hay una dificultad añadida: la libertad trae intrínseca en sí misma la responsabilidad. Y es ahí donde se concentran los mayores problemas. Es ahí donde la gente se ha inventado religiones, destinos y fatalidades a las que culpar cuando se equivocan, cuando algo va mal, cuando algo de improviso se presenta. Retomo palabras de Sartre y os recuerdo que obrar así es “obrar de mala fe”.

Compasión y pena siento por aquellos que se lamentan de su situación y se rinden a la apatía y a la pasividad. Por quienes se excusan diciendo “no tiene nada, nació en la familia equivocada”, “qué culpa tendrá, si no ha tenido oportunidades”, “qué mala suerte tengo, si es que no me sale nada bien, debería dejar de intentarlo”, “esto es muy difícil, no me merece la pena”. No, no y no. Gran error. Uno siempre tiene medios para lograr lo que se propone, para prosperar, para cumplir sus sueños. El mundo capitalista tiene defectos, sí, pero también miles de oportunidades. En contra de lo que se cree, este mundo no premia al que nace en el lugar “acertado”, no, estos acaban yendo a pique si no ponen de su parte. Este mundo, nuestro mundo –por haber nacido gracias al azar en él, y ya llevamos algo de ventaja con ello- premia al que se esfuerza, al que lucha, al que sangra, al que se mata por lo que quiere. Y créanme, lo acaba consiguiendo.

Es cierto, que de una forma u otra, nos encontramos dentro de unas circunstancias determinadas en cada uno de los distintos momentos de nuestras vidas. Circunstancias que nos condicionan –y que en ningún caso nos determinan- para ser lo que somos. Llevamos siempre ese pedacito en nosotros, pero podemos superarlo. En serio, podemos hacerlo. Es difícil cambiar a lo que nos rodea, pero es muy fácil cambiarnos a nosotros mismos y a la forma en la que interactuamos con ello.

No sabemos a dónde nos lleva la vida una vez se acaba, ni qué acaba siendo de todo lo que dejamos hecho durante nuestro paso. Pero sí sabemos que cumplir nuestros proyectos, que dar sentido a todo y mantener una actitud activa y positiva nos deja un muy buen sabor de boca. Es lo que nos hace realizarnos y ser felices al fin y al cabo. Qué mejor cosa que eso.



domingo, 23 de junio de 2013

Carbón y sangre.

  Corría el día cuatro de octubre de 1934. La esperada sirena que anunciaba el fin del turno de trabajo sonó a las ocho de la tarde. Con la cara caída, una mueca de frustración y cansancio, y todo el cuerpo teñido del polvo negro del carbón, los mineros nos dirigíamos en tropel a la salida. Una débil lluvia que había convertido la tierra en un lodazal se mezclaba con la suave brisa del Cantábrico. Al intenso olor a carbón y tierra mojada había que sumar algo distinto, que se había estado gestando durante meses, e incluso años, y que ahora amenazaba con estallar de un momento a otro. Era el olor de la revolución.

  Todos nosotros, naturales de Avilés y conocidos y amigos desde la infancia, habíamos abandonado el colegio cuando nuestros años de vida apenas llegaban a una década. Como era costumbre desde tiempos muy lejanos, heredado por nuestros padres y abuelos, y ahora por nosotros, nuestro lugar era la mina. Desde el día de nuestro nacimiento allí estaba ella, al igual que la muerte, esperando con su afilada guadaña, un destino casi seguro del que sólo los más acomodados podían escapar, para cursar estudios superiores y dedicarse a la enseñanza o la medicina. Nosotros no teníamos tanta suerte. Toda nuestra vida, nuestro ocio, y posiblemente nuestra tumba era la Mina de Arnao, a un par de kilómetros del pueblo.

  Los días consistían en trabajar desde bien temprano y afrontar la larga caminata de casa a la mina. Por la mañana podía aguantarse, pero la de la tarde era una auténtica tortura. Nuestras escasas fuerzas quedaban en la mina y el retorno se convertía en una auténtica aventura. Si al agotamiento físico sumamos las malas condiciones de vida, la insalubridad de nuestros hogares, la escasa capacidad adquisitiva y la escasez de comida, nuestra vida era un auténtico infierno terreno.

  Con la instauración de la República en abril de 1931 y las posteriores reformas laborales que Largo Caballero decretó desde el Ministerio de Trabajo, y la ansiada Reforma Agraria que había sido aprobada con muchas dificultades en septiembre de 1932, los sectores más indefensos de la sociedad habíamos recuperado la esperanza, la motivación y las ganas de seguir adelante. Pero los resultados no fueron tan satisfactorios como esperábamos y en el día de ayer, los ultraderechistas conservadores de la CEDA habían conseguido que el gobierno de Lerroux les otorgase tres ministerios. El régimen democrático y constitucional, y las ventajosas reformas para nosotros, pero odiadas por la burguesía y la alta sociedad, se veían gravemente amenazadas. Esta fue la chispa que prendió la mecha y que se extendió como un reguero de pólvora.

  A la mañana siguiente, la plaza del pueblo estaba llena de banderas rojas, multitudes con el puño en alto cantando el himno de la Internacional y numerosos símbolos de apología comunista, marxista y anarquista. El ayuntamiento y el cuartel de la Guardia Civil habían sido tomados por el Comité de Huelga Revolucionario, que había sido instaurado esa misma mañana. Al mando se encontraba Alianza Obrera, una coalición de fuerzas socialistas, cenetistas y ugetistas. Aunque bien conocidas eran las discrepancias entre socialistas y comunistas y anarquistas, ante la situación las diferencias quedaban aparcadas. Todos eran humanos. Hambrientos y cansados de su mala situación. ¿Bastaba algún motivo más? 

  El ejemplo cundió por toda la región asturiana. Entre los días cinco y diecinueve del mes de octubre se vivió una verdadera revolución que consiguió, entre otras cosas, derribar los poderes locales y la hegemonía de la alta sociedad y contentar al pueblo, que venía ansiando el momento desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, el gobierno central lo consideró una grave amenaza y reaccionó duramente y con crudeza. Se envió al lugar a parte del ejército de África, cuyos legionarios consiguieron imponer la violencia y el terror. Lo que había comenzado como una reivindicación se convirtió en una cruenta guerra en la que el propio gobierno atacaba a sus ciudadanos. Unas dos mil personas fueron asesinadas y entre quince mil y treinta mil fuimos detenidos.

  Si ya aquellos largos días se tornaron muy difíciles de olvidar, el día que me detuvieron cambiaría mi vida por completo. Fue el día veinte, ya sofocada la insurrección y aprovechado el ambiente de agotamiento por parte del gobierno para realizar una profunda investigación y detener a todo aquel implicado o que tuviese algo que ver con el conflicto. En aquel momento tenía treinta años y desde hacía al menos diez había estado afiliado a la CNT. Era el anarquismo la postura con la que más me identificaba y que consideraba más justa para todos. Un mundo de iguales, sin ficciones sociales que creasen diferencia. Una convivencia basada en lo natural y biológico del hombre, sin distorsiones ni engaños.  Por mi antigüedad en el sindicato me nombraron miembro del Comité de Huelga de Avilés y, junto con el resto de miembros, fui detenido.

  Con la mina cerrada indefinidamente, todos nos habíamos quedado sin trabajo y aquella mañana estaba en casa de mis padres, donde todavía residía a falta de una esposa con la que crear una familia, desayunando mientras leía un ejemplar de prensa cenetista en el que se narraban los transcursos y consecuencias de la revolución. Sin molestarse en llamar a la puerta, un grupo armado de cuatro legionarios se contentó con derribar la puerta, entrar al salón y, sin explicación ninguna, gritar: "Las manos en alto, está usted detenido, jodido rojo anarquista". Me vendaron los ojos y me subieron a una camioneta, donde me acompañaban más paisanos y en la que llevamos a cabo un horrible viaje de un par de horas.

  Desperté en una fría y húmeda celda, con tres desconocidos compañeros más, que se convertirían en mi única distracción y mis mejores amigos durante los casi dos años que duraría mi cautiverio. Nunca conseguimos saber a ciencia cierta el lugar en el que nos encontrábamos. Unos decían que era Madrid, la capital de España, y otros pensaban que estábamos en la terrible prisión de Montjuic en Barcelona. El misterio se resolvió en febrero de 1936 cuando el nuevo gobierno de Frente Popular liberó a los presos políticos implicados en las revueltas que en 1934 habían sacudido España, especialmente en Asturias y Cataluña. Era Barcelona el lugar en el que habíamos pasado aquellos dos largos años.

  Sin ningún lugar al que ir, con el frío del invierno llegando hasta el fondo de mis huesos, me encontraba en una inmensa y desconocida ciudad. Se iniciaba entonces el camino de regreso a casa, que me llevaría dos largos meses, pues mi escasa cultura me hacía desconocedor de la geografía española. Viajaba a pie, por fríos y polvorientos caminos. Cuando podía, robaba hortalizas de las huertas que veía a mi paso y aprovechaba toda oportunidad y caridad ajena para conseguir algo de comida. En ocasiones también lograba que algunos viajeros me llevasen parte del camino en sus coches o camiones.
 
  Al fin, estaba de nuevo en Avilés, en casa de mis padres, como siempre. Me recibieron con gran alegría y estupor. Según les había dicho alguien, era muy probable que hacia aquellas alturas ya me encontrase muerto. Disfruté del hogar, de los amigos y volví a la mina, que había sido abierta de nuevo. Mi vida continuaba siendo igual de mala que siempre, pero tras las penurias que había sufrido durante aquellos años, me alegraba de poder estar con los míos, al menos.

  El clima de normalidad duraría muy poco tiempo. El 18 de julio de ese mismo año la derecha militar y el sector africanista se levantaron en armas. Se iniciaba una verdadera guerra entre españoles que haría correr auténticos ríos de sangre. Los sucesos de 1934 apenas habían sido un preludio. Una nota a pie de página de lo que ahora se acercaba.

                                                                   

martes, 12 de febrero de 2013

Un hecho fortuito.

Eran las cinco y media de la tarde. El sol de noviembre hacía un amago por desaparecer y sumir a los mortales en plena oscuridad. Antes de que la negrura inundase las calles, un mar de luciérnagas se encendió entre dos hileras de piernas y cabezas. Como cualquier otro día, acababa de terminar mi consulta y volvía a casa por el camino más largo posible. Me aterraba la soledad, las largas horas muertas en mi domicilio sin nada que hacer, esclavo de mis pensamientos y pasiones insatisfechas. Paré en el quiosco de la esquina de la calle Prim con la avenida del Primero de Mayo.

-Buenos días José, ¿qué se hace en una fría tarde como la de hoy?

Era mi fórmula diaria, la manera de dirigirme a aquellas personas que, como el resto de los seres, me eran indiferentes y hasta desagradables, en un intento por parecer cordial.

-Hola señor Montálvez, aquí me tiene, como de costumbre, soportando la intemperie por unas monedas para sacar adelante a esas cuatro cabezas glotonas que esperan cada noche en casa -respondió el tendero-.

-Ya sabe, deme un ejemplar de La voz del pueblo. A ver qué dicen los titulares.

-Eso está hecho compadre. Tome, aquí tiene.

Casi como un autómata, dejé la moneda de veinticinco pesetas sobre el mostrador y me encomendé al lugar del que me había desviado, como una hormiga que se une a la larga fila de compañeras ante la señal de restos de comida. Desdoblé el periódico y leí la cabecera, que oraba:

"Diez de noviembre del año mil novecientos diecinueve. Los obreros de la ciudad de Barcelona convocan una nueva huelga reivindicando una mejora de los salarios y de su capacidad adquisitiva. Se esperan acciones revolucionarias. Mes y año de los presentes".

Mi psique entonces me devolvió al lugar en el que me hallaba. Todos los transeúntes eran esas gentes, pobres almas alienadas que daban su vida al patrono por una miseria que apenas les permitía comprar una barra de pan.

Sin hacer más caso e inmerso en mis pensamientos continué caminando, cada vez más próximo a mi hogar y a una jornada de desesperación. Era médico, devoto completamente a mi ejercicio, sin más fin en la vida que dar vida a los demás o preservar la que ya tenían. Mi trabajo absorbía todas mis aspiraciones, y me consideraba un hombre sin más objeto ni misión que servir a los demás. Cuando no trabajaba no sabía lo que hacer y a menudo buscaba excusas que me impidiesen pensar y hacerme consciente de mi soledad. Nunca había creído en el amor, lo consideraba una de esas cosas de locos y poetas que no tienen mejor cosa a la que dar labor en sus apestosas vidas e inventan excusas para darles un sentido; precisamente aquello que yo hacía para evitar encontrarme con ese sentimiento, tan temido, pero a la vez tan sumamente esperado.

Quedaban tres calles, luego dos, luego una única esquina... Por fin atisbaba mi morada allá al final de la calle Libertad, tan oscura, fría y yerma como de costumbre. Pero a medida que me acercaba, una silueta en las sombras comenzaba a manifestarse. ¡Qué asombro! ¡Qué estupefacción! ¿Qué haría alguien esperando en mi puerta? ¡Pero si era una mujer! Una joven morena, envuelta en harapos que temblaba de frío y parecía encontrarse al mismo borde del abismo.

-¿Qué hace usted aquí, señorita?

-Oh, siento molestarle en estos momentos, señor, pero me han dicho que es usted un gran médico con un alma al servicio de los pobres y necesitados y verá... mi marido está a punto de fallecer y tengo dos hijos a los que me es imposible alimentar. Sólo el trabaja, pues a mí me consideran improductiva en toda industria. Dicen que mi sitio está en casa, cuidando de la prole. Mi marido es el que trabaja, pero desde hace un mes se encuentra grave, sufre una neumonía, sin duda causada por ese humo negro que le hacen respirar continuamente. He agotado todos los recursos, y ya sólo me quedaba recurrir a usted.

La verdad es que no solía acceder a esa clase de servicios, y mucho menos con gente de esa calaña. Me consideraba superior a los demás, no tenía ningún reparo en admitirlo, y no quería ni imaginar el impacto que eso podría tener en mi carrera. Pero esta chica tenía algo especial. Además de contar con una belleza increíble, su gesto y postura tenía un elemento que me atraía en gran medida y me hacía sentir identificado. Así que sucumbí y accedí a sus peticiones.

Inmediatamente tras dejar en casa mi maletín y útiles diarios, salí a la calle donde me esperaba y me condujo hasta su hogar, que no distaba demasiado. Nada más llegar nos dieron la terrible y esperada noticia: su marido acababa de fallecer.

Un mar de lágrimas negras brotó de su sucia cara y su segunda reacción fue abrazarme. No entendía lo que pasaba, por un momento deseaba desaparecer de ese lugar y no haber introducido en mi vida a esa señora ante la que ahora no tenía más remedio que hacer algo. Paradojicamente y contraria a mi intención, un deseo interno me aproximaba a ella. Moría de ganas por abrazarla, besarla y fundirme con su persona en un éxtasis de pasión y surrealismo. Si no lo hacía era por mantener la compostura, claro está.

-¿Qué va a ser de mí ahora?-fue su retórica pregunta-. No tengo nada ni nadie que me ayude y se haga cargo de mí y de estas criaturas. Tan pronto como pase una semana, terminaremos todos haciendo compañía a papá bajo las flores, alimentadas por su pútrida materia.

-No se preocupe, puede usted venir a casa. Le daré un hogar y alimento. No haga preguntas y no salga de allí. No quiero que nadie lo sepa, al menos por el momento.

Así pues, sin mas dilación marchamos a casa, donde se instaló indefinidamente. Yo trabajaba mi jornada diaria y les mantenía. Logré que aceptasen a sus niños de 4 y 6 años en la escuela, a pesar de su baja ascendencia social, a través de mis buenas amistades. Ella a cambio trabajaba la casa y se limitaba a existir, con eso me bastaba, pues de algún modo comenzaba a llenar un rincón de mi alma que creía oculto. Cada vez era más consciente de lo mucho que la quería, pero de alguna manera mi ser racional se negaba a admitirlo. ¿Una persona como yo con alguien como ella? ¿Cómo iba a ser posible? Antes morir en la amargura que rendirme a esa terrible naturaleza humana.

Los días fueron pasando, y la lucha que en mi fuero interno se yacía era cada vez más intensa. Mi ello contra mi superyó, mis sentimientos contra mi razón y convencionalismo social. De alguna manera terminé sucumbiendo y esa misma noche, cuando los niños dormían, experimenté la más agradable de las sensaciones. La dulzura del amor, la impresión de la pasión. Cosas que creía jamás existir se desvelaron. Se abrió una puerta que estaba cerrada con candado y llave. Mi vida estaba cambiando, era increíble y jamás podría permitirme perderlo. ¡Cuánto me arrepentía de no haber hecho nada por descubrir aquello con anterioridad! La cuestión era que cuando estaba con ella sentía algo familiar, algo que me hacía volver a otros momentos de mi vida. Pero me era desconocido, no sabía qué podría haber en mi interior que aflorase de aquella manera cada vez que nuestras miradas se intercambiaban...

Una noche mientras cenábamos, se iluminó mi mente y la puerta se abrió. Un recuerdo conocido se adueñó de mi consciente: ella era aquella chica con la que fantaseaba cuando era niño. Cuando mis padres me abandonaron tras su muerte en el atentado del Liceo. No tenía a nadie, no me sentía querido por nadie. Lo único con lo que contaba era el servicio de mis tíos, que me prestaban el apoyo económico que necesitaba pero, pobres ignorantes, ajenos a todo sentimiento que se encarnaba en mi ser. Así pues, no tenía más remedio que imaginar una persona que me consolase y me diese su cariño y amor. Claro está que no existía, era un mero producto de mi imaginación. Ahora estaba delante de mí. ¿Cómo era posible? ¿Destino o azar? Jamás lo sabría. El hecho es que mi deseo se había cumplido, y ella estaba junto a mí.

En ese momento todo cobró sentido y me hice vivo, feliz y realizado. Lo que tenía que pasar había pasado. Eso era todo. Eso era suficiente. No necesitaba nada más para vivir, era lo que quería, y lo tenía junto a mí.

Por ello mismo pensé declarar nuestro amor en sociedad, dejando atrás ataduras y prejuicios, por mero respeto a mi niñez y a todo lo que había sido. Nos casamos al año siguiente. Ella ya no era la chica pobre que había encontrado. Era la señora de un prestigioso doctor de Barcelona y como tal, llevó la vida que le correspondía y la elevé a tal posición. Fueron los años más felices de mi vida. Tuvimos otro hijo más.

Sin embargo, treinta años después es cuando escribo estas líneas. Ella falleció ayer. Un tranvía la arrolló justo cuando despistada cruzaba la vía. Alguien la había llamado, se volvió, y no vio venir al armatoste de hierro. Le hemos dado el adiós definitivo esta mañana. Ella y mis niños, nadie más.

Ahora reflexiono sobre el amor y todo aquello que ella supuso para mí. Me hizo creer en el azar y las casualidades. Pero a la vez en el destino. Que nos hubiésemos encontrado había sido meramente casual. Pero que aquella persona que había imaginado fuese de verdad no tenía más remedio que ser el destino mismo. A menudo construimos nuestros sueños sobre pilares inestables y desconocidos. Sin embargo muchos terminan por cumplirse aunque no sepamos muy bien por qué. Creo que merece la pena luchar y esforzarse por aquello que amas y deseas con todo tu corazón y quién sabe si al final, cuando menos te lo esperas, te esté esperando en la puerta de tu casa sin más motivo que el único de existir.






viernes, 19 de octubre de 2012

Experiencias de un verano inquieto. Reapertura.

Meses ha que no publicaba nada nuevo y mucha gente me pidió que volviese a escribir. Poco a poco el blog fue cobrando interés y popularidad. En varios momentos llegué a sorprenderme cuando algunas personas me comentaban que habían leído mis entradas y les habían encantado, gente que nunca pensé que pudiese llegar a hacerlo o que nunca habría oído hablar de este espacio que con todos comparto. Me congratulo por ellos y agradezco ese apoyo.

Diversos son los motivos por los que tanto tiempo he pasado sin publicar nada (ya comunico de antemano que este año va a ser muy difícil, sobre todo por falta de tiempo): tuve que enfrentarme a los exámenes finales, mi verano pasó con una maleta a cuestas los dos meses y segundo de bachiller me parece un curso al que es necesario dedicar el máximo tiempo posible.

Este verano que nos ha dejado hace bien poco me ha parecido el más productivo y provechoso de mi vida. He conocido gente estupenda, me he fortalecido y he mejorado increíblemente como persona. La mentalidad del esfuerzo y del trabajo cada vez están más arraigadas en mi interior, debido en gran parte a mi éxito académico recogido el pasado curso. Bien he descubierto que quien trabaja recoge sus frutos, frutos que son para toda la vida y que te acercan cada vez más a tus metas, guiado por un cosquilleo de estómago a quien muchos llaman "vocación".

Ahora he llegado apenas unos minutos atrás de Cantabria; un viaje organizado por el instituto para participar en el programa de "Rutas Científicas". La aventura ha sido bonita, he fortalecido mis vínculos de amistad con aquellas personas cercanas y, al igual que ocurre en esta vida, he aprendido muchísimo, en este caso de la disciplina científica y de la cultura, geografía y naturaleza de esta preciosa región del norte español.

Mañana por la mañana, pasado, el resto de la semana y durante todo el curso hasta llegar a junio, donde se encuentra la temida selectividad, me esperan largas horas de estudio que sin duda considero bien invertidas al acercarme día a día, paso a paso, ejercicio a ejercicio o epígrafe a epígrafe a la que considero mi mayor meta en la vida: la formación como futuro médico. Espero que el próximo verano mis impresiones sean aún mejor que las actuales.

La reflexión y el pensamiento siguen acompañándome allá donde me encuentro, pero como ya he dicho, son malos momentos para invertir el tiempo en algo que no sea el estudio. Con esta entrada pretendía hacer ver a todos que sigo acordandome del blog, que no está parado ni mucho menos y que volverá lo bueno, como todo vuelve, tarde o temprano, en mayor o menor cantidad.

Un saludo a todos.



martes, 22 de mayo de 2012

Lo inapreciable salta a la vista.

El infernal olor y los incesantes y guturales gemidos me hicieron despertar y abrir los ojos. Lo primero que vi fue una diminuta ventana que dejaba entrar un tenue y ligero rayo de luz que apenas iluminaba el recinto. Poco a poco mis pupilas fueron adaptándose a la falta de luz hasta que, al fin, fui capaz de contemplar el perfil de las cuatro paredes que me rodeaban. Era como una película de terror en blanco y negro.

-¡Qué lugar tan grotesco! -me dije inmediatamente.

Sabía bien que nunca había estado allí antes. De repente sentí un escalofrío que recorrió mi ser de pies a cabeza y, como guiado por el instinto, me llevé las manos a la sien. Estaba húmeda y mojada. Acto seguido miré mi mano y, para mi sorpresa, estaba cubierta de sangre. Costosamente me puse en pie, pero me sentí desfallecer y volví a caer al suelo. Sin duda no tenía fuerza alguna y alguien, mientras dormía, me había propinado una buena paliza.

Tras recobrar de nuevo el conocimiento, me estremecí y retrocedí rápidamente. No estaba solo en la habitación. Dos criaturas me observaban desde la puerta con extraños utensilios de cirujano en sus manos. Vestían dos largas batas blancas, un delantal salpicado de sangre y no paraban de reír y hacer muecas y gestos obscenos. Ahora sabía quienes habían causado todo mi tormento. ¿Pero cómo había llegado hasta allí? 

Únicamente recordaba haber ido a dormir la noche anterior a las cinco de la mañana. Sí, había sido una noche mágica. Nos habíamos emborrachado, violado a una joven y dado una paliza a cuatro marroquís y a una prostituta. Finalmente culminamos la noche quemando vivo al mendigo que dormía en la puerta de la iglesia de enfrente de casa de Bill. Sin duda nos habíamos divertido y nada en el mundo podía ser capaz de superar nuestras noches pasadas por sangre y alcohol. Éramos fuertes, hombres, jóvenes y, por supuesto, blancos.

 El más pequeño de los seres me indico con un dedo que acudiese hasta ellos. Sumiso obedecí. Al llegar uno de ellos me dio un fuerte golpe y volví a perder la cordura. Cuando recobré mi ser, estaba en una mesa de quirófano, con una luz fuerte que me cegaba y, a mi alrededor, tres más de esas cosas, cada cual con un gesto mucho más deforme que el anterior. Me sacudí, intenté librarme y escapar pero fue en vano. Fuertes correas me sujetaban. Estaba perdido. Mi libertad había desaparecido. Ya no era el más fuerte. Ya no era el mejor. Era una víctima. Los roles se habían invertido y yo era el extraño, el diferente, a quien solía causar tanto daño.

En ese momento, entre temblores, sudor, escalofríos y con las sábanas pegadas en mi cara, desperté al mundo real. Todo había sido una pesadilla. Mi subcosnciente se había manifestado mostrando las más absurdas creencias y dogmas que se hallaban en mi interior y me hacían ser una persona horrorosa, cruel y detestable. Entonces comprendí lo que sufre el otro y se descubrió ante mí la empatía. Quizá fuese el miedo radical el que me hizo cambiar, pero ahora comprendo que yo no soy mejor que nadie, que he de respetar al diferente, aprender lo que sea aprovechable del otro y nunca tratar de imponer mi pensamiento con violencia. 

Aunque puede que haya sido demasiado tarde para cambiar... La policía descubrió mis actos y ahora estoy en la cárcel. Mi pesadilla casi se ha hecho realidad.





domingo, 20 de mayo de 2012

¿Pensamos mucho y sentimos muy poco? ¿Sentimos mucho y pensamos muy poco?

Atravesando una época de resentimiento social, ante muchos y de los más diversos motivos, continuaré ofreciendo una crítica más, procediendo mi anterior entrada "el valor de todo o nada".

En esta ocasión trataré el tema del perfecto equilibrio entre el sentimiento y el pensamiento pues, en muchas ocasiones, parece que tendemos por un extremo olvidando la riqueza y el valor del otro.

Para comenzar, ¿cuántos de ustedes han estado días y días habitando en lo más profundo de su depresión ante un acto pasado e inevitable, como la ruptura de una relación, la muerte de un ser querido o un irrevocable fallo en un examen? ¿Quiénes han olvidado lo maravilloso de sentir, de percibir la belleza o el calor de un ser querido, de escuchar una bella pieza musical o de una cálida lectura ante una estival puesta de sol?

Bien, en el primer caso, sin duda nos hemos olvidado de pensar, razonar y darnos cuenta de que nuestro sufrimiento no sirve para nada. Lo hecho hecho está y lo pasado ha de permanecer allí, en el pasado pues, por mucho que lo intentemos, jamás podremos solucionar los errores y, por eso mismo, sufrir no arregla nada.

En el segundo caso asistimos al fenómeno contrario, una prolongada dedicación intelectual puede conllevar a una completa "apathía", pérdida de sensibilidad y de todo valor moral.

¿Qué sentido tiene, pues, vivir sin disfrutar bien de uno, bien de otro, de los aspectos clave y exclusivos que nos hacen personas? ¿Puede decirse que en los ejemplos anteriores no nos estamos "autorrealizando"? ¿No estamos desempeñando todas nuestras funciones propias? ¿Acaso me atrevería a decir que esos "seres" han dejado de ser personas? Pues sí, rotundamente lo afirmo.

Existen, además, una serie de personas, a las cuales no soporto, que continuamente atacan y critican a las religiones. Ojo, no estoy afirmando con ello que las apoye tenzamente, es mas, muchas de ellas han cometido hechos detestables en contra de los otros, actos de dogmatismo que, al igual que en política, llevan a afirmar que su creencia o ideología son las mejores y, las demás, malas, perjudiciales, basura... Fuera de ésto, considero que una religión, fuera de la fe (sentimiento que defiendo y creo que sí existe, pero que hay que encontrarlo y descubrirlo), es una fuente de valores morales y correctas enseñanzas que pueden enternecernos, agrandarnos y hacernos humanos, muy humanos. 

Sin duda me gustaría ver como gente atea y anti-católica, que no hace más que atacar a la iglesia y sus supuestos casos de "pedofilia", si se viesen sin trabajo, dinero y comida, acudirían a Caritas, albergues y comedores cristianos que tienen como función ayudar a los más desfavorecidos. Ellos no cierran las puertas a un "ateo". Un "ateo" sí se las cierra a una religión.

Un acto de inhumanidad, ignorancia y, por qué no decirlo, dogmatismo también, es el de rechazar a primeras cualquier cosa que no se avenga a nuestros ideales. La riqueza de la humanidad es la variedad. El hombre inteligente es el que se pone en todas las posibles situaciones y considera las distintas opiniones.

Volviendo al hilo conductor y como decía anteriormente, el valor de la humanidad ha de estar en el sentimiento y la razón unidas. Es más, afirmar que el sentimiento prima sobre la razón tampoco sería un error.  La felicidad puede alcanzarse sin ejercer la razón, un eremita viviendo en perfecta paz y armonía con la naturaleza, estoy seguro de que experimentará un mayor sentimiendo de felicidad que un científico consagrado a la observación de aminoácidos en su microscopio electrónico; siempre y cuando haya adquirido una cierta experiencia vital que le permita ser consciente de su situación para poder sentir.

Otro problema es el valor y sentido que se les da a los sentimientos. ¿Cómo es posible que una persona pase de decir te amo de una persona a otra en dos horas? ¿Su sentimiento es ilusorio? ¿Existe de verdad? ¿Cree que lo que experimenta es amor, o es que nunca ha amado de verdad? Quizá sea un niñato/a que lo único que quiere es tener una relación para estirar el cuello... y de ahí volvemos a mi anterior artículo.

Lo que está claro es que una sociedad no puede estar regida por autómatas insensibles, pues siempre habrá desfavorecidos a los que habrá que ayudar y tener en cuenta. Seamos un poco utilitaristas. Pero tampoco puede regirse por el extremo sentimentalismo. No podemos dar toda nuestra fortuna al primer mendigo que veamos. Las cosas en su justa medida. El equilibrio hace la riqueza. El equilibrio hace al hombre. ¿Por qué no decirlo? Seamos humanos. Seamos mente y corazón.




sábado, 19 de mayo de 2012

A cara o cruz.


15 de mayo de 1916.
  
Es la una y media de la madrugada y nos encontramos en el refugio antiaéreo tratando de encontrar distracción y descanso por unos momentos. Sin embargo, nuestro intento es imposible a causa del horripilante silbido que causan los obuses lanzados por aviones, que sin parar un instante, cruzan el estrellado cielo nocturno. En su travesía crean una tétrica escena en la que el color oscuro de la noche se transforma en un intenso resplandor rojo a causa de las explosiones. El mismo rojo salpicado de heridas de bala, las estrellas, que tanto podemos ver en nuestros compañeros caídos. El mismísimo rojo que inunda mis pesadillas nocturnas desde hace mes y medio.

Podría decirse que la guerra no duerme y no ofrece tregua ni descanso a ninguno de sus combatientes.

Mendelson, Kübrick y yo, Joseph, podemos jugar, por fin, al póker. Mientras, debatimos ofendidos el asunto del cabo de nuestro regimiento, quien ha partido hace varios días a Berlín para ser instruido en nuevas tácticas y ofensivas militares. Yo pienso que es sólo una excusa, ya que la guerra cada vez anda peor, y a la hora de encontrarnos cara a cara con la afilada guadaña, únicamente estamos los soldados rasos, encontrándose nuestros condenados superiores siempre ausentes a la hora de encarar la muerte.

Hace ya mes y medio que fuimos enviados a Verdún, aunque la batalla comenzó meses antes, en febrero. Creían nuestros compatriotas alemanes que la guerra sería rápidamente vencida ante los franceses. Pensaban que sería como quitar una chocolatina a un niño, un niño que escasos días después contó con la protección y el apoyo de los italianos y los ingleses, y la situación se complicó.

Ahora mismo deberían encontrarse con nosotros, peleando y discutiendo por un trago de whiskey, como mayor apuesta en nuestro juego, Glück, Stephen y Oliver, pero la macabra sonrisa de la muerte, que ríe a causa de intereses políticos y para nada humanos, que es la guerra, nos los arrebató.

Ellos tres, como los tres que estamos ahora mismo presentes, tenemos veinte años; y todos salimos de la misma clase de la escuela superior de bellas artes. Al principio de la guerra podía respirarse en todo el país una sensación de amarga superioridad que nos animaba a participar en ella, haciendo que Alemania recuperase todos sus honores perdidos. Eso mismo se continúa pensando allí, aunque quien lo vea así desde el frente no es humano. Nosotros éramos artistas, no lobos para el hombre, y ninguno es capaz de imaginar, si logramos salir con vida, lo que nuestras conciencias e inteligencia,  demacradas y corrompidas por la guerra, serán capaces de crear. Como artistas, deberíamos representar lo más profundamente humano de nosotros mismos.

Glück murió tras quedar atrapado en el cráter de un obús. Cuando lo vieron esas despiadadas bestias francesas arremetieron a disparos contra él, atrapado cual pequeño roedor en un cepo para ratones.

Stephen contó con un destino muchísimo peor. Hace tres días, mientras escapábamos en retirada de una ofensiva fallida, fue alcanzado por un disparo y cayó al suelo. Pensamos que estaba muerto y no pudimos volver a recogerlo; pero en realidad el disparo le había alcanzado sólo en el tobillo y, al caer, se golpeó la cabeza contra el suelo, quedando inconsciente. Minutos después, ya desde nuestra línea, pudimos comprobar, con el asombro de nuestros ojos, como, a lo lejos, nuestro amigo se ponía en pie. Salí corriendo a recogerlo pero, en ese mismo instante, un francés se le acercó por la espalda, clavándole un puñal y demostrando así su trapero juego.

La última y trágica muerte en mi entorno recayó en la figura de mi querido Oliver y muy amigo de la infancia. Fue herido de bala en un hombro y trasladado posteriormente a enfermería, donde le fue curada la herida que, a los dos días, comenzó a infectarse y tuvieron que amputarle todo el brazo izquierdo. Sin embargo, era demasiado tarde, pues la infección se le había extendido por todo el cuerpo. Todavía recuerdo horrorizado su bella, lustrosa y joven cara sufriendo y luchando por ganar la batalla a la muerte.

Sin duda dicha infección fue causada por culpa de estos desquiciados y locos enfermeros que pueden ser capaces de operar, con un cuchillo del almuerzo a siete personas diferentes... ¡sin ni si quiera haberlo  limpiado previamente con agua! Intervienen a nuestros amigos y compatriotas entre el barro, las ratas y las enfermedades, y claro es que, quien no muere a causa de las heridas, termina falleciendo por las infecciones. Lo más abominable de todo es ver cómo, una vez muertos, los enfermeros y médicos se apropian de sus posesiones... ¡oh, maldita panda de arpías!

Los pocos que quedamos estamos muertos de hambre. No llegan nuestras provisiones, no llegan nuestras cartas... no llega ni sale nada, pues todo es interceptado por el bando enemigo, que nos tiene rodeados y asediados.

Se habla ya de medio millón de muertos entre las potencias aliadas y otro medio millón en nuestro bando, las potencias centrales.

Comienzo ahora mismo a llorar pensando en mis padres, quienes con toda la buena intención del mundo permitieron y aceptaron mi alistamiento en el ejército. Tampoco sé si podré volver a ver a mi querida hermana pequeña, cuyo único recuerdo del que soy poseedor es el abrazo que me dio cuando me disponía a subir al camión que conduciría a nuestro pelotón hacia el frente. Ella me dijo: "Cuídate bien y vuelve pronto, hermanito...".

¡Pronto! ¡Han pasado dos años y todavía continúo aquí, en estas horribles trincheras llenas de cucarachas, ratas, barro y fango que va en aumento cada día a causa de las incesantes lluvias! ¡Son como la mismísima entrada al infierno!

Tampoco sé si llegaré a terminar el libro que comencé a escribir acerca de un detective que por su cuenta capturaba a un temible asesino en serie. Asimismo desconozco si podré acabar aquel retrato de mi novia que dejé a medio, pues  me abandonó dos meses antes de partir a la guerra. La odié tanto en aquel momento... ¡y lo que daría ahora por volver a verla y tenerla entre mis brazos!

Ahora sé que lo peor que puede pasarle a un hombre no es que una mujer le deje... ¡es encontrarse con el mismísimo reflejo de la muerte a dos palmos de tu cabeza! ¡Sólo Dios sabe lo que daría por poder regresar a casa, dormir en mi cama, abrir el cajón y sacar mi inacabada novela, o poner sobre el caballete de madera de pino negro un nuevo lienzo al que dar color!

Mi llanto se ha transmitido a mis compañeros. Todos lloramos en silencio y nos mordemos la lengua. Ninguno sabe quién será el que mañana no se encuentre entre nosotros.