sábado, 19 de mayo de 2012

El valor de todo o nada.


Día a día podemos observar a nuestro alrededor como la gente tiende a pavonearse de sus modernísimos teléfonos de alta generación, del coche de 250 CV cuyo alto precio obligó a su dueño a endeudarse, de la camisetita más moderna y cara de Zara e, incluso, de su propio físico. Sí señor, yo soy la niña más mona de todas.

Puede decirse que conferimos demasiado valor a las cosas materiales. Pero, ¿tienen un valor objetivo por sí mismas, o todo su valor, subjetivo, nace de la sociedad y de la apreciación que hacemos de ellas? ¿Qué pasaría si todo el mundo dejase de mirar y alabar a la niña mona? Posiblemente dejaría de ser niña mona, para ella y para todos, y terminaría llorando ante un espejo mientras se pregunta qué ha pasado con su belleza… pasaría a ser una niña rota para ella, e indiferente para el mundo.

En efecto, y como se ha podido deducir, considero que nada tiene valor por sí mismo y no bastando el ejemplo de la infeliz criatura, imaginen la siguiente situación:

En un lugar y un tiempo cualquiera, de la noche a la mañana y tras un ataque nuclear, desaparece todo el mundo de la faz de la tierra salvo un individuo que,  por la causa que sea, se ha encontrado a salvo en ese fatal instante. ¿Tendrá algún sentido tener una fortuna en ese momento? No, pues nuestro personaje en cuestión podrá tomar “prestado” cualquier objeto que desee…  ¿Pero tendrá sentido, no obstante, ir vestido con la mejor ropa? Tampoco si, al fin y al cabo, nadie va a poder verla. ¿Por qué no ir desnudo,  si la temperatura lo permite, pues? ¿Nos hará falta el maravilloso teléfono 3G? ¿Habremos necesidad de ser guapos o feos?

Esto es, la belleza y el valor de los objetos nacen con la existencia de un observador y no sólo eso, si no de la apreciación que él fundamentada en su cultura hace de dicha realidad.

Deberíamos desengañarnos y darle el valor a la vida que de verdad tiene. Formarnos como personas y construir proyectos y metas a los que dar forma y color en lugar de andar preocupados de cosas tan intrascendentes. Al fin y al cabo, algo puede pasar de valerlo todo a no valerlo nada.





domingo, 25 de marzo de 2012

Entre la nada y la eternidad.

Dicen que en ocasiones dos almas parecen estar predestinadas para encontrarse. Cuentan que hay casos en los que nuestro destino parece estar escrito mucho antes del nacimiento y que hagamos lo que hagamos por evadirlo, siempre termina llamando a la puerta de nuestra humilde morada. No sé si ésto será cierto o no, el caso es que lo que me dispongo a contar helará la sangre de muchos, aunque también harán oídos sordos otros tantos.

Era una calurosa y resplandeciente mañana de abril de 1870 y las perfectas cuadrículas de los nuevos ensanches, recientemente edificados por el Plan Cerdá, lucían un aspecto brillante y concurrido. Salí de casa para dirigirme al trabajo, tomé un tranvía, y atravesé las calles de la esplendorosa Barcelona de finales del siglo XIX. El recorrido cesó justo delante de mi destino y, con un leve salto, bajé del armazón de hierro que por aquel entonces eran los tranvías. Limpiando suavemente el sudor que se tornaba por mi rostro y sin ser consciente de todo lo que aquel día, quizá el mejor, o quizá el peor de mi vida me acaecería, atravesé la puerta de entrada del Palacio de la Generalitat, donde tenía un puesto como funcionario público.

-Buenos días, señor Puig -dijo la recepcionista del edificio-.

-Gran día hace hoy Gracia, sí es verdad, aunque ya va siendo hora de que asomen esas nubes cargadas de lluvia que tiempo atrás vienen prometiendo esos ineptos meteorólogos en los distintos periódicos -comenté yo algo resignado-.

Y sin dar rienda suelta a aquella charlatana, continué el camino hacia  mi oficina, lugar en el que me aguardaban pilas y pilas de papeles por clasificar, enviar y firmar. Así pues transcurrió toda la calurosa mañana inmersa en la monotonía del papeleo, que tanto detestaba, pero que tan necesario me resultaba para poder comer y sobrevivir entre la constante lucha que la vida era, hasta la hora de la comida, momento en el que siempre acudíamos los distintos trabajadores al bar de enfrente, un antro que llevaba años pidiendo una reforma, aunque la gran calidad de la cocina y la simpatía de Cerdá, el dueño del local, era inigualable en todo concepto. 

Me senté en una apartada mesa de la esquina más sombría, la del fondo a la derecha y, absorto en mi plato de faves a la catalana, me dediqué a mis más profundos pensamientos sin hacer caso del estruendo característico del bar.

No sé si fue casualidad o la primera de esas jugadas del destino que, justo cuando el camarero se acercaba a servir mi último plato, un buen ejemplar de crema catalana, mi postre favorito y el más dulce de los manjares, apareció ella por detrás. Se trataba de un rostro que, sin jamás haberlo presenciado previamente, me pareció de lo más familiar y conocido; y una belleza que, en apariencia descendida del mismísimo cielo, me sonrió amablemente. En ese momento mi psique reaccionó y me hizo consciente de que se trataba de aquella mujer que iluminaba mis más profundos sueños desde que apenas era un niño.

-¿El señor Puig? -preguntó insegura, sonriente y arqueando una ceja al mismo tiempo-.

-El mismísimo. Dígame, ¿qué puedo ofrecerle?

-Verá, acabo de llegar a la ciudad enviada desde... uhms... mejor será no decirlo. Mi motivo es un traslado laboral y desde hoy en adelante seré su nueva compañera de trabajo. Me dijeron que le buscase para recibir las primeras instrucciones y como puede usted presenciar aquí me tiene. Por cierto, mi nombre es Sofía.

-Encantado de conocerle Sofía -dije mientras cogía y besaba su delicada mano enfundada en un guante de delgada y delicada malla negra, hecho que me extrañó debido al caluroso día-. Acompáñeme mientras termino de comer y después iremos a seguir con el trabajo. Por cierto, ¿ha comido usted ya?

-Sí, muchas gracias, no se preocupe. Venga, dese prisa que le espero.

Y así resultó la venida a mi conocimiento de ella. Terminé de comer y volvimos de nuevo al Palacio de la Generalitat, donde transcurrió toda la tarde de manera un tanto atípica, pues no estaba acostumbrado a profesar el oficio de instructor; y, entre papel y papel, nuestras manos comenzaron a mantener un contacto cada vez mayor y una extraña sensación se apiadaba de mí: creo que comenzaba a enamorarme. Terminamos el trabajo y le ofrecí una invitación para ir a cenar, ante la cual al principio renegó, pero tras unos segundos de reflexión aceptó de buen gusto.

Cogimos otro tranvía y fuimos a cenar al restaurante Can Culleretes, el más antiguo de la ciudad hasta la fecha, abierto en 1768 y sin duda uno de los mejores. Durante el transcurso de la cena, ella confesó:

-Sabe señor Puig, su rostro me resulta tremendamente familiar, es como si le conociese de toda la vida y estoy segura de que nunca antes nos hemos visto, ¿no cree usted?

-Es una tremenda casualidad, Sofía, que a mí me sucede lo mismo con usted, nunca la había presenciado y parezco conocerla desde la infancia. Es extraño...

Poco a poco la cena fue sucediéndose sin demasiada novedad hasta el momento en que pasó lo totalmente imprevisible. Habíamos bebido demasiadas copas de vino de más y ella reveló que estaba locamente enamorada de mí desde el momento en el que había aparecido ante sus ojos esa mañana, ante lo cual yo respondí, como era de esperar, exactamente lo mismo. Casi sin darnos cuenta nos fundimos en un maravilloso beso, venido de película, que me pareció exótico, eterno y tierno, pero agreste, fugaz y violento al mismo tiempo.

Una vez dada la cuenta, y excesivamente ebrios bajo efecto del alcohol, salimos del restaurante y nos encomendamos a un nocturno y tranquilo paseo, cogidos de la mano mientras la suave brisa del mar acariciaba nuestro gesto, a lo largo de todo el Paseo Colón, que se sucedía solitario marcando el contorno del puerto. Llegamos a la orilla del muelle, el exacto punto que hacía de frontera entre el cálido asfalto de la tremenda ciudad, y la templada agua del mar.

-Te amo demasiado a pesar de conocerte solo un día y jamás podría permitirme perderte. Nunca lo superaría. Sería como si arrancasen una parte de mi cuerpo -dijo ella melancólica, trabando las palabras entre la lengua.

Y en ese momento me empujó y caí al agua para, acto seguido, saltar ella a mi encuentro. Ninguno de los dos sabíamos nadar y, los apenas veinte metros de profundidad fueron suficientes para que nuestros pulmones se llenasen de agua y ambos muriésemos ahogados.

Al día siguiente nuestros cuerpos fueron encontrados por un pescador que salía a faenar y se nos ofició un entierro modesto en la Parroquia de Sant Oleguer.

Ahora nuestros cuerpos descansan en el Cementerio de Montjuïc como algo totalmente ajeno a nosotros, quienes nos encontramos en un lugar que nunca antes habíamos presenciado, un sitio lejano, situado entre el frío y el calor, entre el cielo y el infierno, entre el mar y el cielo más allá del horizonte. Un lugar en el que nuestras almas estarán unidas para siempre.

domingo, 11 de marzo de 2012

Un diálogo.

En concurrido café de una atestada y ruidosa ciudad, hallábamosnos mi querido interlocutor y yo.

-¿Tienes miedo a la muerte? -le pregunté.

-Por supuesto que sí, la vida es muy bella y debe ser horrible despedirse de ella... no quiero ni imaginarlo -me respondió muy convencido.

-Curiosa respuesta, pero muy poco sensata e inteligente -argumenté con aires de superioridad.

-Y tú, mi querido amigo, ¿qué opinas de ello? -añadió.

-Yo no he elegido nacer y seguro estoy de que nadie lo ha elegido, por ello tampoco me corresponde ni voy a ser yo quien va a elegir morir, pues considero que la vida o la muerte es obra de la naturaleza, que es sabia y como un sabio griego afirmó, no hace nada "en vano".

-Y cuando alguien decide suicidarse, ¿acaso no se está quitando la vida él mismo? -procedió a preguntarme con aspecto desorientado.

-Oh sí, los suicidios... bien he de decirte compañero que éstos quedan fuera de nuestro diálogo pues la persona que decide acabar con su propia vida no es miedo a la muerte de lo que goza, sino miedo a la propia vida, a una quiebra empresarial, a perder su trabajo, a una muerte ajena o a un sueño roto... Pues bien, son las propias cosas de la vida las que deben darnos furor, y no las de la muerte, pues como otro sabio poeta dijo "la muerte es algo que no hay que temer, porque mientras somos la muerte no es y, cuando la muerte es, nosotros no somos". Así pues, la muerte debe ser algo totalmente ajeno a nosotros, que sea obra y decisión exclusiva de la naturaleza.

-Muy bien amigo, razón llevas y mérito te he, que todos debiésemos pensar como usted -respondió convencido tras mi monólogo.

-Además -repliqué- observarás que la vida tiene mejor sabor si no tememos a la no existencia y dedicamos ese tiempo al pensamiento de otras cosas más productivas que conduzcan nuestros pasos, en vez de a esas pesquisas que no conducen a nada.

Acto seguido, marché a dar pago de nuestros cafés y concluyó nuestra ilustre conferencia.

sábado, 7 de enero de 2012

Fuego: cuidado que quema.

Crecía el dolor. Poco a poco aquella sensación espeluznante que erizaba todo el vello de mi cuerpo me hizo enloquecer hasta tal punto que dejé de ser persona para transformarme en una bestia animal. Mi único propósito era hacer parar ese dolor que hacía arder mis entrañas. No me importaba lo que tuviese que afrontar para vencerlo, aunque ello superase los límites de lo tremendamente humano y racional...

Sin pensarlo dos veces me atreví a contemplarme al espejo... ¡Tremenda criatura desconocida por mi psique! ¿Qué era aquel ente demoniaco que tenía frente a mis ojos? ¿Podía ser capaz de haber olvidado la causa que me había transformado en aquello? No me contenté con ello... ¡no! Un sonido gutural salió de mis cuerdas vocales, un sonido que sonaba tal como lo emitiría el oso que se encuentra amenazado y que hizo estremecer toda la estructura de la casa e, incluso, a mí mismo.
Con lo que me pareció ser un leve empujón, traté de abrir la puerta de la calle y, ¿cuál fue mi sorpresa entonces? Mi fuerza se había visto intensificada como un poderoso animal, y la puerta salió despedida con tal violencia, que rompió la ventanilla de un taxi que circulaba por la misma puerta de mi domicilio y cortó, con la precisión de un corte transversal en una muestra de laboratorio, de un tajo completamente limpio, la cabeza del conductor del vehículo, que quedó tirada en el suelo observándome con tal expresión de horror en sus ojos que todavía me hizo enloquecer aún más.

¡Dios Todopoderoso! ¿Qué demonios me estaba ocurriendo? ¿Qué había sido del bueno de Bryan, aquel minucioso trabajador de la compañía ferroviaria de Nueva Inglaterra? Definitivamente, no pude identificarme conmigo mismo, nunca jamás pude hacerlo.

Traté de hallar respuesta en mis sueños. Confíé en que descansando un rato, se me pasaría todo aquello. Así pues, volví a entrar en casa y me eché sobre la destartalada cama, que seguía sin hacer desde esa misma mañana, desde la última vez que, podría decirse, había sido humano.

Mi sueño únicamente logró aumentar el sentimiento de horror. Cuando por fin pude conciliarlo, extrañas figuras y formas, que nunca antes había presenciado, acudieron a mi encuentro. ¿Qué escalofriante desafío estaba tendiéndome mi psique? Era un esclavo de mi cerebro, de mi imaginación, de mi consciencia y, quizá... de mi subconsciencia. Como decía, extrañas visiones, procedentes del mismísimo infierno se daban cita en mi mente en aquel momento. Un mar de llamas y criaturas con los rasgos totalmente distorsionados salían a mi encuentro, un poderoso séquito de siervos del mal me hostigaba y, con voces venidas de ultratumba, reían de mi desafortunada suerte. 

Entre gritos desperté de aquella macabra pesadilla. Sentí el sudor enfriándose sobre mi pecho, esa sensación mezcla de frío y de calor que nos impide volver a conciliar el sueño. Pensé que sería mejor cambiarme de ropa antes de caer enfermo y, cuando me levanté de la cama, volví a sentir de nuevo aquel dolor y desconocimiento que me invadieron antes de dormir. Pasé por el espejo y, de la misma manera que acaeciera la vez anterior, volví a contemplarme como un extraño dentro de mí mismo.

Un poco más despejado, tuve una escasa tregua en mi sufrimiento que me resultó suficiente para meditar y reflexionar por unos minutos sobre mi situación. Conocedor de los trabajos de Freud acerca del subconsciente humano y del mecanismo de defensa con constituye nuestro sueño frente a los estímulos externos que tratan de alterarlo, supe que había algo que se estaba manifestando y que no podía ver o sentir, pero, por pura intuición, supe que cada vez estaba más cerca de mí.

En ese mismo momento sentí su cálido aliento sobre mi nuca, me di la vuelta y le ví allí, inmenso y fijo, observándome. Nunca debí haber jugado con fuego, nunca debí haber hecho caso a aquellos amigos, si se los podía llamar así, que me hicieron participar en una de sus cotidianas sesiones de "ouija" que llevaban a cabo todos los jueves por la noche, en la casa abandonada de la abuela de Peter. Aquel misterioso juego acababa de popularizarse. Estábamos a principios del siglo XX y ninguno creía que pudiese causar males mayores. Todos pensábamos que simplemente jugaba con lo más profundo de nuestra mente y era capaz de aflorarlo a nuestra consciencia. Nunca debí haber caído en semejante trampa. Ya era demasiado tarde.

Sus palabras sonaron oscuras y cálidas a la vez, venidas del mismísimo infierno. Me dijo que venía a recuperar lo que era suyo y, con la mismísima rapidez de la luz, aquella criatura se adueñó de mí.

En aquel mismo instante desaparecí de mi habitación para nunca más regresar. Todo quedó intacto, tal cual lo había dejado, la cama sin hacer, la puerta de la calle tendida sobre el asfalto y las ventanas abiertas de par en par mientras yo me encontraba ya viajando. Acababa de comenzar el camino hacia el lugar en el que la oscuridad puede confundirse con la luz, y el mal con el bien, pues no existen. Sólo horror, sufrimiento y dolor. Había llegado. Estaba en el mismísimo Infierno.

martes, 3 de enero de 2012

Un sentimiento.


Era agradable sentir que se cumplían mis objetivos. Ya por aquel entonces mi ser experimentaba un completo sentimiento de felicidad: sabía que cada paso que daba me aproximaba cada vez más hacia mis metas, mis últimos y completos objetivos. Todos los días me despertaba con la profunda ilusión que te hace dar un leve suspiro tras abrir los párpados por primera vez.

Esta sensación se prolongó durante años hasta que, sin saber cómo ni por qué, me sumergí en un profundo letargo emocional. Había desaparecido la chispa de mi vida, o eso creía. Todos decían que había cambiado y yo, cual enfermo metal que se muestra ignorante y desconoce su mal, me dedicaba a negar rotundamente, a decir que no a sus ofensas hasta el punto de enloquecer.

Ahora sé que me equivocaba, que en aquellos ásperos momentos me estaba dejando guiar por mi corazón y no por mi intelecto. Puedo ser capaz de mirar hacia el futuro y orientar mis actos del presente para alcanzar mis objetivos. He comprendido que el tiempo es un papel en blanco que se nos presta voluntarioso bajo efecto de que escribamos sobre él las circunstancias que se ofrezcan a nuestro libre deseo.

Soy capaz de levantar la cabeza con orgullo al cielo y afirmar,  con la seguridad de la existencia misma, que son nuestros sueños los que nos ayudan a vivir la vida y tratar de alcanzar nuestros objetivos sin mirar hacia atrás, que no se puede seguir viviendo sin ellos y que la vida es sueño y, los sueños, sueños son. 


sábado, 31 de diciembre de 2011

Atrapado.

Encontrábame yo andando por una silenciosa y estrecha calle. Las farolas proyectaban una tenue luz que a momentos parecía que iba a desaparecer por completo, dejándome inmerso en la oscuridad de la noche. Únicamente podían escucharse mis pasos y el sonido de unas gotas de agua que tendía, cíclicamente, a repetirse e inundar todo con un profundo y desesperante eco. De repente, un escalofrío de terror recorrió todo mi cuerpo y me hizo temblar, vibrar... no sé si de pánico o de soledad, pero solo entonces logré comprender que estaba experimentando la más horripilante de las sensaciones: el sentimiento de encontrarse con uno mismo.

Continué recorriendo las calles en penumbra hasta que empecé a escuchar unas tenues voces que me incitaban a hacerlo, que se repetían en lo más profundo de mi mente y que no era capaz de determinar si en verdad se dirigían hacia mí o si, por el contrario, eran producto de mi imaginación. No lo sé, el caso es que lo hice y, desde entonces, jamás he vuelto a ser aquella persona...

Esclavo de las voces, mis tenues y ligeros pasos me llevaron hasta una gran edificación que se encontraba en lo alto de una leve colina. Nunca olvidaré aquella funesta imagen que me describía una casa de tres pisos de altura, un par de árboles desnudos por la crudeza del otoño y un pequeño estanque justo delante de la edificación en el que pude ver reflejada la desnudez de la anaranjada luna llena que asomaba por encima de la casa, así como toda la estructura de la edificación. En ese momento vi algo que despertó mi adormilada atención: las chimeneas de la casa estaban echando humo y, en el tercer piso, pude comprobar que se hallaba una luz encendida y que, justo delante de ella, alguien o algo me observaba desde la ventana.

Sin pensarlo dos veces, salí corriendo hacia el interior de la lúgubre edificación obedeciendo a mis voces interiores que me incitaban a perseguir y dar caza a tal ente que se encontraba observando...
Llegué hasta la puerta que daba entrada al mundo del terror, una estructura de madera dos veces superior a mi talla que, como si esperándome estuviese, se encontraba abierta. Con un leve empujón y, dejando atrás el oxidado rechinar de sus bisagras, entré en su interior. Dentro todo parecía llevar siglos abandonado, dos dedos de polvo cubrían todo el mobiliario que lucía a una época pasada y anticuada, unos muebles propios de hace cien o doscientos años.

Dejando atrás el recibidor, un arco me daba la bienvenida. Continué avanzando por la casa, dejando tras mi paso extraños objetos: tarros con extrañas cabezas, manos y dedos en formol, así como bisturís, tijeras, camillas... que contribuían a aumentar mi sentimiento de pánico y hacían pensar en el extraño fin al que fue dedicado tal refugio entre las sombras.

Finalmente, llegué hasta las escaleras, las cuales me dispuse a subir y avanzar en mi camino hasta llegar a la habitación que dejaba entrever un pequeño halo de luz por debajo de la puerta, la cual abrí y, con inmenso asombro, lo vi allí, sentado y esperándome. Me di cuenta, en ese momento, de que aquella persona era yo mismo... Guiado por el hechizo de mis voces, cogí un cuchillo y se lo lancé al cuello. Instantáneamente murió, desplomándose del sillón en el que se encontraba e inundando la habitación con un gran charco de sangre que, poco a poco, fue coagulándose y quedando fría. La ansiedad y el sentimiento de culpa comenzaron a apoderarse de mí y, después de unos escasos segundos, me desmayé y caí al suelo. 

 Fue en ese momento cuando desperté de mi pesadilla y me vi sentado, en el sofá de mi biblioteca, en la tercera planta de mi hogar, esperando al siguiente entrometido que se dispusiese a darme caza dentro de mi propia casa.

viernes, 2 de diciembre de 2011

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión.

Después de unas semanas de inactividad retomo de nuevo la escritura en un momento en el que seriamente estoy cuestionándome personalmente muchos interrogantes acerca de la vida y del sentido de la misma.

Hoy he realizado, de manera bastante grata y satisfactoria uno de los muy comunes y típicos exámenes de lengua y literatura. No obstante en esta ocasión no ha sido tan común... al menos para mí.

Tras estudiar, quizás sin demasiado tiempo y el merecido énfasis que requieren las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, me ha invidado una completa sensación de identificación, me he sentido totalmente correspondido con aquellos temas que encierra dicha obra: la fugacidad del tiempo, la pronta llegada de la muerte, el mundo terrenal como un lugar de tránsito en el que obrar para alcanzar el descanso eterno en el más allá así como la inconsistencia de los bienes que en él se poseen los cuales son fruto de la fuerza del azar o la fortuna.

Bueno es añadir que sin necesidad de leerlas y analizarlas minuciosamente, se ve a leguas de distancia que dichos temas son tratados desde un punto de vista muy anticuado al nuestro, una visión medieval propia de su era, el siglo XIV en la cual comienzan a apreciarse ya tintes de ese Renacimiento que, como bien podría decirse, "asoma a la vuelta de la esquina".

No obstante, y pese a ésto, si nos situamos en su momento es preciso dar un grito y hacer honores de la figura de este gran poeta, caballero y hombre de armas, ideal renacentista de hombre docto y valeroso a su vez. Es por la maestría y el inconfundible estilo mediante el cual trata sus temas por lo que me inclino de rodillas ante su trabajo.

Ahora bien, ésto es sólo el motor que me ha hecho reflexionar, pero hay mucho más...

Hace un par de siglos, no demasiados, podía pensarse que nacemos, morimos y posteriormente ascendemos al cielo o descendemos al infierno, en función de nuestro obrar en vida.

Desde el punto de vista científico sabemos que ésto no es así, que nuestro cuerpo se encuentra formado por dos elementos muy claros: materia y energía. Cuando morimos, nuestros átomos vuelven a la naturaleza de la que vinieron, tú pobre ser carente de vida se descompone y pasa a formar parte de la tierra, de la cual absorve los nutrientes una planta y que vuelven al ser humano cuando una embarazada come el fruto de esa planta, es decir, todo un ciclo cirrado denominado ciclo de la materia.

Con la energía pasa exactamente lo mismo, pues responde al famoso enunciado que asegura: "la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma" y que tiene su total lógica si sabemos que la energía se produce en los seres vivos gracias a las reacciones metabólicas o de oxidación que la célula realiza con esa materia.

¿Pero cómo es posible que simples átomos se unan para dar lugar a un ser completo con capacidad de pensar?  
¿Qué somos realmente? 
¿Qué determina que nuestra consciencia pertenezca a nuestro ser en vez de a un perro?
¿Alguien lo sabe?

Es muy difícil responder a esas preguntas y cada cual tendrá sus propias ideas y opiniones al respecto.
Mi opinion sobre ello es que ésto que vivimos no es real, se corresponde a una ilusión ocurrida en nuestra verdadera vida, la vida que hay más allá, esa vida de materia y energía, reducida a pequeños átomos y partículas. Nosotros sólo somos fruto del azar que nos ha determinado como seres humanos en esta ocasión y, que dentro de 1000 años, cada uno de nuestros átomos se encontrará en una secuoya, en un tigre, si acaso queda vida para entonces, o en una nebulosa, una roca o un grano de arena en el peor de los casos.
En conclusión es por ello por lo que toda la complejidad de los seres vivos se reduce a un único elemento, el átomo, que en función de sus distintos elementos y uniones dará lugar y determinará nuestra naturaleza y nuestro ser.

Un excelente poeta de la lengua castellana respondió a ello, se trató de Calderón de la Barca:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.